top of page

Las milongas "tradicionales" ¿Autenticidad o relato?

Una reflexión sobre historia, códigos y la peligrosa banalización de una palabra.

“Cuando oigo un disco de un tango viejo,un tango de esos que hacen soñar,pienso, muchachos, que no hay ningún derechoa que a mi tango lo quieran transformar.”
“Cuando oigo un disco de un tango viejo,un tango de esos que hacen soñar,pienso, muchachos, que no hay ningún derechoa que a mi tango lo quieran transformar.”

“Cuando oigo un disco de un tango viejo,un tango de esos que hacen soñar,pienso, muchachos, que no hay ningún derechoa que a mi tango lo quieran transformar.”

La frase —escrita por Juan José Guichandut en los años 40— condensa una idea que, lejos de desaparecer, sigue reapareciendo una y otra vez en el mundo del tango: la defensa de una supuesta “tradición” frente a aquello que se percibe como cambio, desviación o amenaza.

Y, sin embargo, hay algo profundamente paradójico en esa afirmación. Porque el tango —desde su origen hasta hoy— no ha hecho otra cosa que transformarse.

La pregunta entonces no es menor: ¿de qué hablamos realmente cuando hablamos de “tango tradicional”?

El problema de la palabra “tradición”

El uso actual del término “tradicional” en el tango remite a un conjunto de códigos bastante definidos: el cabeceo, determinadas dinámicas sociales en la milonga, un baile de movimientos contenidos, ciertos modos de vestir, e incluso a veces, determinadas configuraciones de pareja.

Todo eso existe. Todo eso es valioso para muchos bailarines. El problema no es su existencia.

El problema es llamar a todo eso “la tradición”.

Porque hacerlo implica algo mucho más profundo: fijar arbitrariamente un momento de la historia —generalmente asociado a las décadas del 40 y 50 en Buenos Aires— como si fuera el origen legítimo, el punto de pureza, el modelo a preservar.

Y eso, sencillamente, no resiste el menor análisis histórico.

Los orígenes: un tango sin “tradición”

Si nos remontamos a fines del siglo XIX y principios del XX —a los tiempos de Villoldo, por ejemplo— el panorama es completamente distinto.

No hay evidencia de esos códigos que hoy se presentan como tradicionales. No hay cabeceo institucionalizado. No hay distribución ordenada de roles en el espacio. No hay una estética homogénea del abrazo. No hay, tampoco, una música consolidada como la que luego producirán las grandes orquestas.

Lo que sí hay es otra cosa:


  • Hombres bailando entre hombres, practicando y explorando movimientos que luego pondrían a prueba —posiblemente de formas bastante bruscas— con las mujeres (que “aprendían” a bailar en el baile mismo).

  • Contextos marginales, como burdeles o espacios sociales híbridos.

  • Una relación con el cuerpo y con el espacio probablemente mucho menos regulada y por supuesto más opresiva hacia la mujer.

  • Una enorme creatividad en recursos, porque cuando nada existe, todo vale.

Si uno tomara ese momento como referencia —como punto de partida de la tradición— entonces todo lo que vino después sería, necesariamente, una desviación.

Dicho de otro modo: si los bailarines de 1890 observaran a los de 1940, probablemente dirían que la tradición ya había sido completamente arrasada.

El abrazo como ejemplo de transformación

El propio abrazo tanguero —tan central en la discusión actual— es un ejemplo claro de esa evolución.

Se dice que hacia 1912 el tango sufre un proceso de “adecentamiento”: el contacto se vuelve mínimo, casi protocolar, con distancia entre los cuerpos.

Años más tarde, en la época dorada de las grandes orquestas en las confiterías y cabarets del centro porteño el abrazo vuelve a cerrarse, entre otras razones por la necesidad de optimizar el uso del espacio en pistas llenas.

Entonces, ¿cuál de todos esos abrazos es el “tradicional”?

¿El distante? ¿El íntimo? ¿El experimental de los orígenes?


La respuesta es incómoda, pero inevitable: ninguno puede reclamar ese lugar en exclusividad.

La tradición "selectiva".

Si lleváramos el argumento “tradicionalista” hasta sus últimas consecuencias, nos encontraríamos con situaciones francamente absurdas.

Por ejemplo, en la llamada época de oro (1940–1950), las chicas iban a la milonga acompañadas por una “chaperona”, que aprobaba o desaprobaba a los candidatos que las invitaban a bailar.

Si la tradición debe ser respetada como bloque, entonces debería serlo en todos sus aspectos, no solo en aquellos que nos resultan cómodos, estéticamente agradables o caprichosamente convenientes. Por ende deberíamos recuperar a la "chaperona" en las milongas "tradicionales" de la actualidad. Absurdo es una palabra que queda corta.

El hecho de que seleccionemos ciertos elementos y descartemos otros revela algo evidente: no estamos preservando una tradición, estamos construyendo un relato.

Los códigos actuales: valor sin dogma

Ahora bien, que algunos de los códigos vigentes no sean estrictamente “tradicionales” no significa que carezcan de valor.

Muy por el contrario. Prácticas como el cabeceo o la organización espacial de quienes invitan y quienes esperan ser invitados cumplen funciones muy concretas y, en muchos contextos, altamente eficaces:


  • Facilitan la dinámica del baile, evitando interrupciones innecesarias.

  • Protegen la sensibilidad de los bailarines, especialmente frente al rechazo.

  • Permiten una comunicación más sutil, menos expuesta.

  • Generan un juego social sofisticado, casi como una partida de ajedrez, donde saber moverse —no solo en la pista, sino también en la mirada— es parte de la experiencia.

Para quienes entienden ese juego, la milonga se vuelve un espacio de enorme riqueza.

El problema aparece cuando ese conjunto de herramientas deja de ser entendido como lo que es —un sistema eficaz— y pasa a ser defendido como una verdad histórica incuestionable. Y peor aún, cuando se descalifica cualquier espacio que elija no utilizarlos.

El tango como arte vivo

Lo cierto es que el tango no es una pieza de museo, una forma cerrada o una tradición estática sino un arte vivo.

Y como todo arte vivo se transforma, se adapta, se contradice y se reinventa.

Y en el corazón de su creación y de su inevitable evolución se encuentra la necesidad del espíritu humano de manifestar su libertad. De lo contrario, no se llamaría arte.

Desde los burdeles de fines del siglo XIX hasta las pistas contemporáneas, pasando por los salones elegantes, las épocas de censura, las de explosión creativa y las de sistematización pedagógica, el tango nunca dejó de moverse a la par de los tiempos: con algo de rebeldía, con espíritu desafiante y con profunda libertad.

Y, sin embargo, sigue siendo tango.

Nadie es juez de la tradición

Y este es, probablemente, el punto más importante de toda esta reflexión.

Nadie puede adjudicarse la autoridad para definir qué es la tradición del tango por una razón muy simple: Si hablamos del origen, ninguno de nosotros estuvo allí. Si hablamos de la evolución futura, ninguno de nosotros estará allí.

Estamos, inevitablemente, situados en un punto intermedio. Un punto desde el cual interpretamos, reconstruimos, imaginamos.

Por eso, cuando alguien afirma con certeza absoluta qué es “lo tradicional” y qué no lo es, en realidad está hablando desde su propia época, desde su propia experiencia, desde su propio recorte.

Cuando muchos se hacen eco de una misma interpretación, entonces se construye un relato.

Y relato no es verdad histórica incontestable.

Contradicciones necesarias.

En medio de todo esto, también es justo reconocer nuestras propias contradicciones.

La mía, por ejemplo, es bastante clara —y la sostengo con cierta ironía: para mí, el tango solo es tango si se baila con música de tango. Esa es mi línea. Mi límite personal.

¿Es una afirmación académica? No, en absoluto.

Pero sí responde a algo que considero esencial: el tango como expresión cultural profundamente ligada a su música, como parte del entramado folclórico urbano de Buenos Aires.

Ahora bien —y aquí está la clave—: reconocer ese límite personal no me habilita a convertirme en juez de lo que otros hacen.

Una última inversión

Tal vez, entonces, aquella frase que nos cantaba Ángel Vargas pueda leerse hoy desde otro lugar.


No como un llamado a detener el cambio, sino como un testimonio de algo profundamente humano: la incomodidad frente a la transformación.


Y quizás la única forma honesta de relacionarnos con la “tradición” del tango sea esta: dejar de usarla como un límite…

y empezar a entenderla como un proceso que comenzó mucho antes de lo que nos contarony terminará mucho después de lo que nosotros podremos contar.

 
 
 

Comentarios


Diseño y edición: María Olivera - 2018 - (R) Todos los Derechos reservados.

bottom of page