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La co-creación del tango. (O lo que sucede entre llevar y seguir)


Un follower sensible no responde al dibujo de los pasos; responde a la calidad de la intención.
Un follower sensible no responde al dibujo de los pasos; responde a la calidad de la intención.

Hay una pregunta que aparece con bastante frecuencia en las clases de tango. No siempre se formula de la misma manera, pero en el fondo apunta a la misma inquietud: si el leader es quien conduce el baile, ¿no es también quien tiene el poder?

Hace algunos años, una alumna me lo preguntó de una forma que todavía recuerdo.

Estábamos trabajando algo muy sencillo. Yo estaba bailando como leader y le había pedido que no intentara mantener sus caderas delante de las mías, sino que simplemente permitiera que yo las posicionara al tiempo que estaba proponiendo.

Me miró sonriendo.

—¿Esto es una metáfora del matrimonio?

Me reí.

—¿Por qué lo decís?

—Porque suena muy anticuado. ¿Nunca te molesta que los hombres sean los que toman todas las decisiones? ¿No sentís que ellos tienen todo el poder?

Recuerdo haber frenado la clase. No porque la pregunta me molestara, sino porque me di cuenta de que ya no estábamos hablando de tango.

Lo que había detrás de esa pregunta era una confusión bastante común: asumir que conducir equivale a tener el poder. O, dicho de otra manera, confundir el control de la estructura con el protagonismo de la experiencia.

Le propuse imaginar un viaje en auto: alguien tiene que manejar. No porque sea más importante que el otro, sino porque dos personas no pueden sostener el volante al mismo tiempo. El conductor decide por qué camino ir, cuándo doblar, cuándo acelerar y cuándo frenar. Esa responsabilidad le pertenece.

Pero el viaje está muy lejos de pertenecerle.

El acompañante elige la música. Ceba el mate. Propone detenerse a comprar snacks para el camino. Sugiere un desvío porque conoce un paisaje que vale la pena. Hace conversación. Comparte el silencio cuando el silencio resulta más interesante que las palabras.

Y también puede hacer exactamente lo contrario.

Puede pasarse cuatro horas criticando la forma de manejar, respondiendo con indiferencia, quejándose de cada decisión o generando un clima insoportable. El recorrido será exactamente el mismo. La experiencia, no.

El conductor organiza el viaje. Los dos determinan qué clase de viaje será.

¿Por qué en el tango habría de ser diferente?

Creo que la confusión nace de una asociación profundamente arraigada: tendemos a pensar que quien inicia una acción ocupa necesariamente el lugar activo, mientras que quien responde desempeña un papel secundario. Sin embargo, las formas más sofisticadas de interacción humana rara vez funcionan así.


Una buena conversación no depende solamente de quien habla primero. Un músico no construye una obra limitándose a esperar su entrada. Un actor no interpreta un texto ignorando la intención con la que su compañero acaba de decir una frase. En todos esos casos, responder es una actividad profundamente creativa. El tango pertenece a esa misma categoría.

Un follower sensible no responde al dibujo de los pasos; responde a la calidad de la intención.

Y esa diferencia modifica por completo el significado del rol.

Responder al dibujo de los pasos es ejecutar movimientos. Responder a la intención implica percibir la energía, el carácter de la música, el peso de una pausa, la calidad del abrazo y el momento preciso en que todo eso sucede. Implica interpretar una propuesta y devolverla enriquecida por la propia sensibilidad.

Unos minutos después de aquella conversación decidí dejar que el propio baile respondiera la pregunta mejor de lo que podía hacerlo cualquier explicación.


Mientras seguíamos bailando hice una pausa muy larga. Simplemente abrí un espacio.

Ella permaneció completamente inmóvil.

Después de unos segundos la miré sonriendo.

—Bueno... ahí tenés todo el poder que querías.

Se largó a reír.

—Sí... pero estaba esperando que fueras a algún lado.

Su respuesta me pareció extraordinariamente honesta porque puso en evidencia una paradoja que no pertenece solamente al tango: Muchas veces reclamamos más libertad cuando, en realidad, lo que todavía nos faltan son recursos para ejercerla. Pedimos espacios para decidir, pero cuando esos espacios aparecen descubrimos que todavía no desarrollamos el lenguaje necesario para habitarlos.

Quizás por eso la técnica ocupa un lugar tan central en el aprendizaje del follower. No porque habilite adornos más vistosos o figuras más complejas, sino porque amplía su capacidad de participar en la conversación. Cada recurso nuevo incorpora un matiz, una posibilidad expresiva, una manera distinta de responder a una misma propuesta. La técnica no reemplaza la sensibilidad; le da un idioma.

Vista desde esa perspectiva, la pregunta inicial cambia por completo.

El leader conduce la estructura del baile. Decide el recorrido, del mismo modo que quien maneja un auto decide el camino que va a tomar. Pero la calidad del viaje no depende exclusivamente de él sino de la escucha, de la interpretación, de la imaginación y de la presencia de ambos. Depende de que la conducción encuentre del otro lado a alguien capaz de convertir una indicación en una experiencia compartida.

Tal vez por eso nunca me convencieron las discusiones sobre cuál de los dos roles tiene más poder. Me resulta mucho más interesante otra pregunta.

¿Por qué seguimos creyendo que iniciar una acción es una forma superior de participación? ¿Qué nos hace pensar que quien responde está haciendo menos, cuando muchas veces está realizando el trabajo más complejo de todos?

Tengo la impresión de que esa pregunta excede ampliamente al tango.

Y sospecho que las respuestas también.

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