Clases de Tango: el dilema de los niveles
- María Olivera

- 9 ene
- 3 Min. de lectura

El aprendizaje de tango suele pensarse en términos de niveles: Principiante, intermedio, avanzado.
Categorías que prometen orden y progresión en un aprendizaje que, en realidad, nunca fue lineal ni ordenado.
Al comienzo, la distinción parece evidente. Quien nunca ha bailado tango es un principiante absoluto: no conoce la caminata, el abrazo, la escucha musical ni la quietud compartida. Esa etapa es clara.
La dificultad aparece más adelante.
Cuando el bailarín incorpora un vocabulario básico y cierta familiaridad con la dinámica de las clases, comienza a verse a sí mismo como intermedio. A partir de allí, la complejidad visible empieza a confundirse con profundidad. Las figuras elaboradas y los recursos vistosos parecen indicar avance, mientras que el trabajo más exigente —el que no se ve— queda relegado.
Porque el tango es, esencialmente, un baile invisible.
Su complejidad más profunda reside en una postura viva, en un equilibrio disponible, en una caminata musical, en la capacidad de dialogar con el cuerpo del otro sin imponer. Nada de esto produce espectáculo. Pero es lo que sostiene la danza.
Aquí es donde la noción de niveles se vuelve frágil.
¿Quién determina el nivel de un bailarín? ¿El propio alumno? ¿El docente? ¿La pareja?
En el tango social, las parejas suelen convertirse en jueces tácitos. Se eligen o descartan clases según la percepción del grupo que asiste. Se evalúa a los otros como “más” o “menos” avanzados, generalmente desde una posición que no reconoce con claridad el propio lugar en el proceso.
La comparación es humana, pero engañosa. El crecimiento en tango no responde a una lógica ascendente ni uniforme. Juzgar niveles rara vez refleja profundidad real, y casi nunca ilumina el propio camino. Sin ir más lejos, un líder intermedio debiera ser capaz de obtener resultados certeros y organizados del cuerpo de una seguidora de cualquier nivel, simplemente ajustando la intensidad/sutileza de su propio movimiento, tanto como una seguidora intermedia debiera ser capaz de sostener el baile con un líder de cualquier nivel sin comprometer si equilibrio, sin deformar sus propias líneas y respondiendo a los estímulos de movimiento (caminatas, aperturas, cruces, pivots) por "tentativos" que provinieren por parte del líder.
Incluso cuando los niveles son definidos por docentes, siguen siendo relativos. Todo saber en tango es contextual. Un bailarín puede ser avanzado en el tango social y encontrarse en un lugar intermedio en una práctica escénica o técnica específica. Lo mismo ocurre con quienes enseñan.
Durante casi dos siglos de historia en Buenos Aires, el tango se aprendió sin niveles.
Se asistía a clase. Se trabajaba el material disponible. Se aprendía desde el presente.
No hubo nunca un programa universal ni una pedagogía cerrada. El saber se transmitió a través del encuentro, y los buenos maestros construyeron siempre desde lo simple hacia lo complejo, en diálogo con el grupo.
La relación docente–alumno en el tango no responde a un modelo transaccional. Es un vínculo vivo, impredecible, cargado de sentido. Un encuentro. Tal como el que ocurre en la pista entre dos bailarines que se descubren en el baile.
Y aun así, el encuentro necesita orientación. No jerarquías, sino referencias compartidas. No escalones, sino puntos de apoyo. No niveles, sino claridad funcional.
Desde esa perspectiva, un líder intermedio no se define por la cantidad de figuras que acumula, sino por su dominio de algunos elementos esenciales:
Equilibrio y postura estable, enraizada
Cambios de peso claros y conscientes, incluyendo la percepción de dónde está parada la seguidora
Conducción desde el espacio superior (torso y brazos integrados en un mismo todo) y disociación sin fuerza
Caminata rítmica e intencional, con dirección y continuidad
Un vocabulario reducido pero imprescindible: ocho básico, ochos adelante y atrás, ocho cortado, y al menos un giro a la izquierda y uno a la derecha
Comprensión musical: reconocer ritmo y melodía y permitir que eso modele el movimiento
Cuando estos elementos aparecen con fluidez, eficiencia y claridad, el líder puede desplazarse con coherencia y cuidado del otro.
Para la seguidora, la exigencia es equivalente y, muchas veces, más invisible. Una seguidora intermedia debería poder:
Percibir y acompañar (habilitando el cuerpo para) cambios de peso, caminata, cruces, pivots y molinetes sin anticipación
Sostener el equilibrio sin rigidez en apoyos de un solo pie durante algunos segundos
Mantener una conexión consistente y elástica durante el desplazamiento
Conocer la música lo suficiente como para interpretar cómo el líder la está escuchando y aportar estilo y personalidad al baile.
Eso es lo que llamamos fundamentos.
Y los fundamentos no son simples ni iniciales. Son el núcleo más complejo del tango.
Porque avanzar en tango no consiste en acumular pasos, sino en depurar lo esencial hasta que se vuelve expresivo, compartido y vivo.
Y ese proceso, como el tango mismo, no tiene final.







De alguna forma me parece que las personas necesitamos, ubicarnos en niveles, posiciones eso nos da cierta seguridad nos tranquiliza, voy a ir a la clase y no va a ver quien sepa mas que yo x ej. Cuando comenzas de a poquito aprendes q esos limites se desdibujan y que en cada clase una se siente en distintos niveles hasta incluso ese mismo dia, mucho dependiendo de como se sienta una, con quien hagas la practica en fin cuestion de ir regulando sintonias, moviendonos de un nivel a otro desde un sentir muy sutil muy intimo con el otro.
María, sos una excelente escritora y me encanta leer como explicas con lujo de detalle en que consiste El Tango. Estoy sumamente de acuerdo con lo que relatas. Creo que somos eternamente principiantes y que no tiene final. Vamos aprendiendo y disfrutando en cada clase. Muchas gracias por tu profesionalismo y pasión que ponés en cada clase. Está demás decir que lo disfruto mucho y trato de no faltar a ninguna de tus maravillosas clases. Fuerte abrazo.